El camino a seguir…

Os ponemos aquí un vídeo para la reflexión, protagonizado por un emocionado Danny Glovver hace unos meses en el movimiento Occupy de Nueva York, reflejo del malestar generalizado de la mayoría del pueblo frente a este sistema y aprovechamos para recuperar un interesante texto del profesor Juan Carlos Monedero.

La emoción que piensa

Saben los neurobiólogos que las pasiones residen en nuestro cerebro más primitivo. Toda decisión “racional”, explica Antonio Damasio (Y el cerebro creó al hombre, Madrid, Destino, 2010) es  antes “emocional”. Nuestro cerebro primitivo no deja emanciparse al cerebro más reciente. Para contrarrestar una emoción negativa es menester tener “una emoción positiva muy fuerte”. No es una apuesta por la irracionalidad. Lo es, bien al contrario, por una “razón emocionada” o una “emoción razonada”, precisamente la que permita salir de las trampas de un mundo que, gracias al cierre intelectual de los que niegan una parte de la realidad al tiempo que la bautizan, dice que la protesta es terrorista, la risa subversiva, los parados perezosos, los estudiantes revoltosos y las mujeres reivindicativas, aligeradas. Los indignados que se disfrazan de payasos para manifestarse contra los recortes sociales lleva a que las cargas de los antidisturbios validen no solamente al capital financiero, sino también su imagen inclemente de verdugos de Gabi, Fofó, Miliki y Milikito. Emocionalidad bien inteligente.

La izquierda sólo ha entusiasmado cuando se atrevió a brindar un mundo diferente, que, casi necesariamente, siempre estuvo poco concretado. Te lanzas a la calle por leyes más justas, no por reglamentos mejor elaborados. “Libertad, igualdad y fraternidad” en la revolución francesa, “tierra y libertad” en la revolución mexicana, “pan, paz y trabajo” en la revolución rusa o “patria, socialismo o muerte” de los procesos cubano y venezolano. ¿Puede acaso hoy tumbarse la jaula de hierro del consumismo sin emocionar a quien va a serrar los barrotes?

El 15-M ha sido capaz de lograr lo imposible para ninguna internacional anterior: convocar la primera manifestación global contra el modelo capitalista. Un G-90. Tantos como países salieron a la calle a recuperar la democracia en donde nació: en las plazas. Un momento destituyente. En apenas seis meses. Una pregunta, no una respuesta.

Frente al shock de la crisis que tan bien ha explicado Naomí Klein (La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Madrid, Paidós, 2010), la reacción popular ante la dictadura de los mercados está teniendo derroteros diferentes a los tradicionales. La emoción del 15-M se parece a esa generosidad que nace de los desastres (el terremoto de México, el desastre nuclear de Fukushima o los deslaves tras las lluvias en América Latina). Entonces se suspenden los egoísmos. Se trata de luchar por lo básico. Ahí nace el optimismo, la comunión, lo que hermana con los demás porque conecta con lo que es más grande que uno mismo. ¿Son acaso mejores los libros de autoayuda, la guía de las vanguardias, la militarización de la sociedad? La alegría del 15-M desborda los diques de los partidos, de los sindicatos, de las instituciones. Los hace, incluso, más útiles, cuando el viento de las plazas tomadas es capaz de romper las constricciones o la pusilanimidad del sindicalismo para defender la educación pública. Y también los desafía cuando recuerda que es la misma ciudadanía la que vota y la que comparte la visión del 15-M, de manera que el resultado de las elecciones del 20-N, lejos de cuestionar al movimiento lo que hace es emplazar al gobierno entrante.

Cuando un rayo cae en la noche, el campo se ilumina y hace visible lo que estaba oculto.  No bastaría entornar los ojos para ver lo que la oscuridad negaba. Hay demasiados velos. Sólo un ojo con la sensibilidad suficiente como para detener el tiempo es capaz de ver entre los fotogramas esa verdad que la vertiginosa película niega. Hace falta una sociología de las ausencias (Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano, Madrid, Trotta, 2011) que transforme, siguiendo a Bloch, lo que aún no existe en lo que existe todavía no. Es una cuestión de sensibilidad. La emoción hace que el dolor se convierta en saber, el saber en querer, el querer en poder y el poder en hacer. Un joven que se prende fuego porque la policía tunecina le ha quitado el medio de supervivencia, unos estudiantes egipcios, madrileños o griegos que acampan en mitad de la ciudad, pobres neoyorquinos que se enfrentan a ricos en el corazón de su caja de caudales, un desahucio en Vallecas al que  se le ven las lágrimas, un presidente que miró a los ojos y luego engañó. Sólo la sensibilidad puede convocar a la razón ausente. Sólo la emoción puede romper la clausura del pensamiento lograda por la sobreinformación, el afán consumista, el miedo al futuro, la negación del pasado y la zozobra ante la incertidumbre y el castigo. Si el sistema sólo entiende de objetos -una hipoteca no satisfecha, una plaza universitaria costosa, un viejo o un enfermo que incrementa el déficit, un interino que encarece la deuda, una protesta que enfada a los bancos- la sensibilidad devuelve a su lugar a las personas. Y cuando hay personas –no objetos- hay reconocimiento, la base para una búsqueda compartida de soluciones. Recuerda John Holloway la frase de un indígena a unos cooperantes: si vienen a ayudarme, olvídenlo. Si vienen porque su liberación está íntimamente relacionada con la mía, trabajemos juntos. Cambiar la mirada para ver diferente (John Holloway, Agrietar el capitalismo, Barcelona, Viejo Topo, 2011).

El 15-M ¿una opción de gobierno?

¿Gobernar  mañana? El 15-M tendría que firmar, como el Lenin de 1917, onerosos tratados de paz si asumiera antes de tiempo esa responsabilidad. Perdería territorio, pagaría reparaciones, lastraría su vuelo. Todavía no se dirime en esas lides. El 15-M no es la respuesta a la esclerosis del capitalismo neoliberal y de la democracia representativa: es el diagnóstico de su enfermedad. ¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe ahora mismo serlo. Un partido es un medio para un fin. El 15-M es un fin en sí mismo: una gran conversación que a fuerza de saber lo que no quiere, va a terminar sabiendo lo que quiere.

Sin líderes, sin programa, sin estructura, el riesgo de desaparición en el reflujo del movimiento está ahí. La enseñanza del zapatismo debiera servir como contrapunto: pudieron haber transformado México cuando el país se abrió conforme entraban en la plaza del Zócalo. Luego,  el tiempo les robó esa posibilidad. En el mundo político, saber leer los plazos forma parte del éxito y también de la derrota. Pero la crisis del sistema y la imposibilidad de encontrar soluciones desde dentro, va a seguir alimentando la búsqueda. Antes de desaparecer, el capitalismo va a dejar el mundo sembrado de cadáveres. Por eso mismo, el movimiento necesita hacer algo con los liderazgos, con los programas, con las estructuras. Lo que tampoco significa repetir esquemas del pasado. Ni los programas son recetas de expertos ni las estructuras significan verticalismo. Es tiempo de una implicación social más horizontal. Hay que reinventar la gobernanza –un concepto nacido para regular- y darle la vuelta para convertirla en democracia –que sea la sociedad organizada y con capacidad deliberante real, no el mercado ni el Estado, quien decida las bases de la convivencia social-. Decisiones políticas que nazcan de la discusión y de unos mínimos compartidos anclados en un nuevo contrato social. Que después serán ejecutadas por la organización –en sociedades complejas, no pensar en alguna suerte de representación es ilusorio- pero que siempre tendrán abierto el camino de regreso a la supervisión de la ciudadanía a la que le afectan las medidas.

Frente a la libertad reclamada por el 68, ahora se reclama la igualdad. La naturaleza rota, el futuro incierto, la violencia cotidiana no soportan las diferencias. De ahí la fuerza de la camaradería en el 15-M. Por eso también la relevancia de las redes sociales, por su horizontalidad, por su relación entre iguales que se reconocen y tratan como tales.

En el 15-M confluyen veteranos castigados por el sistema y también clases medias enfadadas que, por vez primera, se han sentido tratadas como proletarios. En el maltrato se reconocen y se reinventan. Ahí se entiende parte de su amabilidad. La lucha contra el autoritarismo generó un tipo de partido.  La guerra fría, otro. Del 15-M saldrán maneras diferentes de organizarse políticamente. Lo relevante será ver en qué medida se  genera un viaje de ida y vuelta constante al movimiento que marque con su sello las formas de hacer política.

Frente a un capitalismo rígido y cada vez menos tolerante –nada líquido, con perdón de Bauman- el 15-M articula inteligente su oposición. El sistema sabe defenderse cuando se le niega o se le combate, pero no sabe qué hacer cuando se ve desbordado. Es la estrategia del movimiento desde apenas 5 meses. Pone patas arriba las teorías de esos intelectuales ignorados por los pueblos insurgentes que afirman: “si la realidad no se parece a la teoría, peor para la realidad”. Una realidad tozuda e irreverente, que, con perdón de los intelectuales consagrados y con el favor de los poetas, al igual que el rayo, no cesa.

Y sin embargo, hay elecciones

Dos hechos confunden el análisis en relación con el 15-M. En  primer lugar, cómo es posible que un movimiento que señala desde la izquierda las insuficiencias de la democracia representativa y del capitalismo neoliberal, termine beneficiando en las urnas a fuerzas políticas de la derecha, esto es, a las menos comprometidas con formas participativas de democracia y a las que con más ahínco defienden el modelo neoliberal. En segundo lugar, cómo se explica que más del 70% de la ciudadanía muestre su coincidencia con las propuestas del 15-M y, sin embargo, entre el 60 y el 70 % de la población vaya a ir a votar el 20-N y, de manera mayoritaria, vaya a hacerlo por los dos principales partidos.

En primer lugar, hay que entender que la lectura que la ciudadanía hace del voto es la de un derecho que ha costado conseguir. Renunciar sin más a él, después de cuarenta años de dictadura, no tiene mucho sustento pese a la perversión democrática actual. Hay que añadir que opera también una rutina electoral plenamente vigente, de la misma manera que operan otras rutinas sociales que forman parte de la estructuración del orden social (se va a votar como se va a misa en las bodas y los entierros, a los cementerios el día de difuntos o a hacienda o al banco para la declaración de la renta). Añadamos que cualquier ciudadano o ciudadana, lo que busca políticamente en primera instancia, especialmente en momentos de crisis, es la solución a sus problemas. Quienes tienen los resortes del poder poseen, obviamente, más posibilidades de hacer algo que cada persona en singular, algo que es leído –y repetido mediáticamente- a cada momento por los votantes. La crisis, además, genera miedo, y el miedo actúa como una suerte de regresión a la infancia, donde se espera con ansiedad que una figura paternal solvente los problemas que tienen a uno atenazado. Los principales líderes, encumbrados como padres de la patria, ya han recibido esa vestimenta con su cargo. Además, siempre hay dos grandes opciones. Si A no es capaz, siempre tenemos la sacrosanta posibilidad de echarnos en los brazos de B.

No ha estado la academia exenta de este juego rutinario, al ir construyendo un relato funcional para esta imposibilidad de cambiar electoralmente un país de no obrar previamente un fuerte descontento social. Una serie de hitos han ido vaciando a la democracia según se iba extendiendo su presencia por el mundo. Ya en la Revolución Francesa se estableció que era el experto en el cuerpo social, al igual que ocurría con el caso del experto en el cuerpo enfermo, quien debiera ocuparse de su tratamiento. El abate Sieyés fue quien sentó las bases para dejar al representante, por su mayor supuesta cualificación, la gestión de lo público, algo que luego santificaría la Constitución francesa de 1791, Debemos a Benjamin Constant el establecer, en una famosa conferencia en 1814, la matriz de que la libertad de los modernos tiene lugar en el hogar privado, y no en el ágora, lugar de ejercicio de la libertad en el mundo antiguo. Con Luis Napoleón Bonaparte se aprendió posteriormente –tras las revoluciones de 1848- que los pobres pueden votar a los responsables de su pobreza si se les convence de que tienen más que perder en el desorden o la revolución que sosteniendo el régimen que los oprime. A mediados del siglo pasado, y de la mano de la teoría económica de la democracia, se construyó la idea de que los partidos son empresas que deben maximizar sus beneficios –los votos- en un mercado competitivo. Aunque, al igual que en los mercados, pronto iban a surgir cárteles donde se amañaban las reglas de la competencia. Bobbio le prestó especial atención en los años 70 –en discusión con la izquierda marxista italiana- a lo que se llama el “problema de las escalas”. En nuestras grandes urbes, y a diferencia de lo que ocurría en el ágora griega, no sería posible la democracia si no es a través de la representación. Cerraría este “gran relato” de la democracia como procedimiento y no como sustancia, la conversión de la discusión democrática a una discusión sobre la transformación de los votos en sistemas políticos, reduciéndose la política a fórmulas electorales. Toda esta construcción discursiva ha venido desembocando en un lema: vota y no te metas en política. Se pagaba el precio de la desafección ciudadana. Pero si el capitalismo es un sistema cortoplacista, la democracia representativa no está ajena a esa miopía congénita.

De manera más concreta, el régimen electoral español limita aún más las posibilidades democráticas al arrastrar los vicios de la transición. El asentamiento de los partidos políticos en la era de la televisión, sin haber pasado por las fases previas de discusión social propias de otros países de nuestro entorno, ha sido otro rasgo de debilidad que también conspira en la incapacidad del sistema político para dirigir los cambios. A la muerte de Franco en 1975, y con el miedo de las elecciones de 1931, donde las grandes ciudades dieron el triunfo a la República, se decidió sobrerrepresentar, en la futura “democracia”, a las zonas rurales así como a los partidos mayoritarios (las bases de nuestro sistema electoral están en la ley para la reforma política de 1976 y en el también preconstitucional Decreto ley 20/1977 del 18 de marzo). La Constitución estableció posteriormente, en la misma dirección, que la circunscripción era la provincia y que a cada una de ellas le correspondería un número mínimo de diputados, que la posterior ley de 1985 (una mera actualización de la de 1977) establecería en dos, de manera que Soria, Teruel, Madrid o Barcelona eran tratadas de la misma manera, primándose los territorios sobre la población. La asignación de escaños según el método D’Hont terminó de cerrar el esquema, al beneficiarse a los partidos mayoritarios (pero solamente porque al grueso de las provincias les corresponden pocos escaños, quedándose las terceras fuerzas, en concreto Izquierda Unida, fuera del reparto pese a superar por lo general la barrera del 3%. Echarle la culpa a D´Hont es no querer ver que la culpa está en un diseño que primaba la estabilidad de un régimen de clase a la proporcionalidad en un escenario de futuro incierto). El “no nos representan” del 15-M ha venido gestándose desde lejos.

¿Qué puede decir el 15-M al respecto? Si es cierto que el movimiento es una pregunta y no una respuesta, cualquier respuesta de los que comparten la pregunta debiera entenderse como válida, especialmente cuando esté reflexionada. El 15-M, como hemos señalado, no se la juega el día de las elecciones, y su principal tarea es mantener una línea de coherencia que le permita, incluso en el escenario de una aumento de la participación y una victoria por mayoría absoluta del PP, seguir insistiendo en sus planteamientos.

Cabe, sin embargo, recordar los efectos de cada una de las decisiones para evitar efectos perversos no queridos. En primer lugar, hay que apuntar que la abstención no afecta al sistema. Ni siquiera en el caso de que la mitad del país no acudiera a las urnas, el sistema se estremecería. Esas cifras son las tradicionales en Estados Unidos y ningún cambio ha venido nunca por ahí. La abstención es la forma de protesta electoral más estéril, además de que junta una abstención concienciada con la abstención de los gorrones o perezosos políticos que deciden no molestarse por los asuntos colectivos, o con las personas que, por las razones que fueren, ese día no pudieron acercarse a votar.

Parece evidente que votar PSOE o PP es un voto contrario a la lógica del 15-M. Dejando de lado si los dos partidos son iguales –algo que no es cierto en el carácter de sus militantes y votantes, aunque sería más difícil de negar en lo que respecta a las grandes decisiones económicas y políticas -, lo que es constatable es que los dos partidos han votado conjuntamente el grueso de las leyes y decisiones políticas que afectan a la ciudadanía. Así ha sido en el canon digital, en contra de la dación en pago, a favor del rescate bancario, a favor de la reforma laboral que encadena contratos precarios o aumenta la edad de jubilación, de la reforma constitucional que da prioridad al pago de la deuda por encima del gasto en educación, sanidad o pensiones o la entrega de Rota al escudo antimisiles. No parece que tenga mucho sentido votar al PSOE para que haga lo que no ha querido hacer estando gobernando, ni tampoco para, una vez más, frenar al PP, cuando todo indica que es más fácil una gran coalición en caso de que lleguemos a un escenario como el griego a que el PSOE decida echar su suerte con el grueso de la población.

El voto en blanco tiene el problema de que se contabiliza como voto válido, de manera que aumenta la barrera del 3% que tienen que superar los pequeños partidos para entrar en el parlamento. Es una forma de protesta igualmente débil, pues está dirigiendo sus dardos contra los partidos, y no contra un sistema que, de partida, está diseñado para tener resultados que atentan contra la libertad y la igualdad del voto (supuestamente consagrados en el artículo 68 de la Constitución). El voto nulo, en este sentido, parece más adecuado. Se trata de un “grito” de disconformidad que, además, al no contabilizarse como válido, no sube el listón para los pequeños partidos. Voto nulo es cualquier voto que manipula las papeletas originales –salvo hacer una señal en el nombre de alguno de los candidatos, que permita identificar al “candidato conocido”-. El problema es que, al tener que ir la “queja” dentro de un sobre válido, no se puede identificar el origen de la nulidad. Lo mismo ocurre en el recuento. Salvo en el caso del País Vasco, cuando la izquierda abertzale pidió a sus votantes que el voto ilegalizado se convirtiera en nulo –lo que permitió una identificación al medirse el voto nulo anterior, siempre escaso, y el obtenido después de lanzarse la consigna- en el caso del 15-M no existe esa posibilidad, de manera que el sistema igualmente lo digerirá sin problema.

Queda votar a los pequeños partidos, lo que a su vez, aunque no se suele mencionar, tendría el efecto añadido de otorgarle un apoyo económico para mantener sus redes locales –por voto recibido y también si superan el 5% de los votos-.  Pero una vez elegidos ¿qué garantías tiene el movimiento de que esas formaciones se convertirán en herramientas al servicio de la voluntad de cambio que apunta el 15-M? ¿Existe la posibilidad de que los diputados y diputadas de esos pequeños partidos hicieran como sus pares islandeses que forzaron una constituyente? ¿Hay que darles el voto de confianza?

El 15-M ha tenido, como principal virtud, la repolitización de la sociedad. Y el principal efecto de esa repolitización es la pérdida de la autorización política que recibían los gobiernos a través de las elecciones en las democracias liberales representativas. El gobierno saliente de las elecciones del 20 de noviembre no obtendrá ningún cheque en blanco. El 15-M se lo va a recordar, con el apoyo de una parte importante de personas que votarán ese día -e, incluso, de muchos y muchas que habrán votado a alguno de los dos grandes partidos-. Los sueños del 15-M, como rezaban muchos carteles en la Puerta del Sol en el verano madrileño, no pueden cerrarse en el espacio cerrado de una urna. Los problemas se han hecho inconmensurables a las medidas del sistema. Estamos ante problemas globales cuyas causas están en el modelo neoliberal y en esa democracia demediada convertida en un instrumento funcional para las necesidades del capital.

En todo el mundo han empezado a surgir grietas. Cierto es que el espacio de la pared es amplio y desdeñarlo sería un mal análisis. Pero la grieta marca la tendencia. Y unas elecciones solamente pueden parar una tendencia cuando el gobierno saliente esté dispuesto a construir en esa dirección. La mentira por excelencia de nuestras democracias –votar a B cuando A demuestra su incapacidad- está desenmascarada. Lo hemos visto en Portugal o en las Comunidades Autónomas donde ha ganado la derecha. El ciclo va a cerrarse cuando la ciudadanía constate que el Partido Popular viene con las mismas respuestas. Será, a ciencia cierta, el momento de alguna suerte de gran coalición entre el PSOE y el PP (algo ya ensayado en la reforma constitucional). Será el momento en el que el 15-M tiene que hacer constar su coherencia. La que, en cualquier caso, no está en juego en las elecciones.

La legitimación procedimental a través de las elecciones, aun siendo condición necesaria, ya no es condición suficiente. La mercantilización de la política ha enfriado, como decíamos, la autorización. Es el fin de los monólogos y la exigencia urgente de los diálogos. Esto, que parecen no entenderlo los herederos de la modernidad, lo entienden los que insisten en ignorar todo aquello que no les deja vivir. ¿Un exceso de emoción? Ya decía Pascal que hay razones del corazón que la razón no entiende. Y estaría bien que pensadores como Bauman recordaran que eran ellos los que decían que hay una línea directa entre la fría modernidad y el campo de concentración de Auschwitz. Que le pregunten a Mario Draghi, el ex vicepresidente de Goldman Sachs devenido en Presidente del Banco Central Europeo; al premio nobel de la paz Obama cuando sobrevuela Guantánamo o a ese cónclave de Halloween que ha cambiado las escobas por los helicópteros y que se empeña en decir desde sus consejos de administración bancarios que, como nos ha recordado un filósofo, la democracia no puede ser un peligro para la democracia.

Juan Carlos Monedero es profesor de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid.

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